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Capítulo I

 

–¿Sabes lo qué es un buen negocio? –inquirió Ramón, su mirada burlona presa de mi gesto–. ¡Comprar un argentino por lo que vale y venderlo por lo que dice que vale...!

Ahí quedó esperando mi risa. Pero yo pensé que, quizá, alguien les habría enseñado antes a ser así. De inmediato la cara de Mateo se me vino a la mente y recordé como le había conocido. Una casualidad para él; casi un billete de lotería premiado el haber dado con un tipo como yo. Aunque lo de “tipo” era un giro idiomático suyo, como tantos otros a los que me fui adaptando.

–¿Sabés? –me había dicho a poco de conocerle, acentuando donde no era, como se hacía allá, al otro lado del charco,– ¡vos sos un buen tipo!

Pero ya iba cargado. La tercera cerveza le abría el baúl del agradecimiento y yo no le hice caso. Luego avivamos el paso; la noche estaba fresca, como era de rigor en un agosto bien parecido.

Así fuimos, en aquella ocasión, bajando la pendiente de Víctor Gallego camino de la autovía, a grandes zancadas, a grandes risotadas, esquivando las puñeteras cucarachas que con el ruido de nuestros pasos corrían a la búsqueda de algún agujero.

–¡Jodías guarras! –dijo Mateo, tras haber espachurrado una que se le puso debajo a pesar de su intento por esquivarla, sonriendo después al oír mis risas. Entonces limpió el zapato sobre el filo del bordillo, su mano agarrándole al árbol cercano, sujetándole de su precario equilibrio, doblegado por la risa y alguna cerveza extra.

Derechos de autor:  ZA-47-05

 

Terminada de escribir el 29 de agosto de 2005