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CORREO

Ignoro la acción anterior, aunque permanece la impresión de que venía de más atrás. Desde donde la imagen se hace nítida y perdurable en mi memoria, paseo por las calles donde discurrió mi pubertad, aunque ya disto mucho de aquella edad. Me encuentro con gente conocida y voy saludando acá y allá, comentando cosas sobre productos expuestos en los escaparates de las tiendas, casi todos ellos alimenticios. Parece ser que es la hora del bocadillo, puesto que voy aludiendo a lo apetecibles que están determinadas bollerías o dulces y al final parece ser que compro un bocadillo de tortilla o algo similar, aunque el acto de la compra no aparece en mi memoria.

Cuando estoy acabándolo alguien me llama y llego hasta las obras de un edificio. Allí me muevo entre tablones y encofrados, andando por muros a medio levantar o bajo puertas a medio construir. Saludo a gente conocida, aunque de algún otro personaje me dice alguien que es uno de los aparejadores del presidente de la entidad donde yo trabajo en mi vida real. Caminando hacia la salida de la obra, me cruzo con un hombre que camina todo estirado y bien trajeado, pero escayolado por todo el tórax y el cuello. Anda apoyado en unas muletas y se dirige a mi advirtiéndome que tenga cuidado de no tropezar o caerme. Sé que, en la ficción, es el presidente de la comunidad, quien al tiempo es el arquitecto de la obra. Ello coincide, excepto en su estado físico, con la realidad de mi vida actual. No obstante, su frase parece más bien amable que amenazadora, aunque siempre existe una sensación de temor cuando le veo o hablo con él.

Otro que está cerca de mí y a quien no consigo identificar, me dice, refiriéndose al presidente: "ha sido por un accidente de tráfico". Luego salgo de allí y de repente me encuentro caminando por los pasillos del metro en dirección a la salida. Allí me ocurre algo gracioso. Meto el pie entre los peldaños de una escalera de mano que se encuentra tumbada en el suelo y atravesada en el corredor y me quedo con el pie pillado y sin poderlo sacar. Lo levanto intentando extraerlo con ayuda de las manos, sin conseguirlo. Además la escalera ocupa casi la anchura total del corredor y cuando la muevo, tropieza en las paredes laterales dificultando aún más la operación. Por fin se me ocurre que metiendo más el pie quizás podría liberarlo y así lo hago. Aprieto hacia dentro el pie, lo giro ligeramente y luego tiro hacia afuera, consiguiendo así rescatarlo del extraño cepo.

Comienzo a andar hacia la salida y desde un hueco en la pared a mi derecha, sale un individuo mal trajeado con una  herramienta en la mano ofreciéndose a libertar mi pie, quedando un tanto asombrado al contemplar que yo ya me he soltado solo, sin su ayuda. Entiendo inmediatamente que todo es un truco montado por él mismo para sacar dinero. "Las cosas que se inventan para ganarse la vida", pienso admirado mientras observo como el individuo se dirige hacia una mujer que, ahora, ha quedado atrapada a su vez.

Salgo de allí y me encuentro repentinamente ante un grupo de amigos, que me son conocidos y de contacto diario, sin embargo, no puedo precisar ahora quienes son. Les relato mi anécdota con la escalera y se ríen mucho cuando les digo que, al individuo en cuestión, le debía de haber gritado que lo que tenía que hacerle era quemarle la escalera. Lo que más gracia nos hace a todos es la idea de la escalera suspendida de mi pie golpeando contra las paredes. Después, sin ninguna transición, estoy con una mujer muy joven en lo que desde un punto de vista psicológico es mi casa. Ella está vistiendo una niña de unos cinco o seis años, que parece que es mi hija. La mujer indica a la pequeña que me bese y yo la abrazo y la siento en mi regazo, acariciándola. Luego olvido lo que sigue y miro al leve resplandor que entra por la puerta de la alcoba mientras me voy despertando.