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   Mis recuerdos, al despertarme, me llevaron hasta el momento en que por fin derrumbábamos la casa. Sólo el interior cayó con estrépito dejando en un enorme patio la escombrera mientras las paredes exteriores se mantenían en pie. Salimos entonces al exterior donde había más gente y entre ellos mi familia.

   Alguien me decía algo sobre la casa y yo respondí que ya teníamos ganas de hacer lo que habíamos hecho. Que ahora teníamos la posibilidad de hacer la casa a nuestro antojo y, pensé con alivio, que aún teníamos la otra casa. Entonces, hube de entrar para algo observando con recelo que solo había una puerta y que, por ello, debería de entrar por un estrecho tragaluz de cristal situado en su parte superior. Pero, inesperadamente, alguien tiró de él ensanchándolo de forma casi mágica. Ahora podía entrar con comodidad y así lo hice.

   Una vez dentro abrí para que entrasen los demás y observé cómo un chiquillo de unos doce años, vestido con camisa y pantalón corto estaba abriendo los cajones de los muebles que, extrañamente, estaban de pie y se dedicaba a curiosear todo lo que veía.

   -¡Eh, eh ...! -le advertí y le quité lo que había cogido mientras le perseguía para alejarlo de allí.

   A continuación le pude ver de nuevo mientras le quitaba algo a otro chico de su edad y, aprovechando que alguien se cruzaba entre él y yo, escondía el objeto entre un montón de cajas que estaban en nuestra casa, pensé bienintencionado, para gastarle una broma al otro muchacho. Entonces, yo, advertí  de ello al chico nuevo y le alargué el objeto que le habían quitado. El chiquillo lo tomó mientras me daba las gracias con una sonrisa llena de simpatía y confianza. Después todo fue una nube que era barrida por el sonido del despertador.