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     En el sueño había una bicicleta que llevábamos, alguien más cuya identidad permaneció en el anonimato, y yo. Caminábamos por las calles, solitarias y estrechas, viendo de vez en vez las detenciones e interrogaciones que los uniformados S.S. hacían de forma continua. Por fin nos llegó turno a nosotros, aunque repentinamente, mi compañero de rostro olvidado, había desaparecido. Entonces me enfrenté a las preguntas de los dos guardias. Debajo de sus abrigos grises y dorada botonadura, asomaban las dos negras botas de caña. Sobre sus cuellos emblematizados destacaban sus iracundos rostros cubiertos de las odiadas gorras de visera. Me pareció que sobre los malos modales del más alejado de los dos hombres, el otro le corregía tratando de hacerle comprender que la educación y el buen trato no estaban de más a la hora de dirigirse a un ciudadano. El segundo, por fin, fue quien se dirigió a mi, pidiéndome cortésmente la documentación. Me excusé argumentando que estaba realizando alguna labor oficial y que estaba autorizado a estar allí. Fue entonces cuando alguien se acercó a nosotros y comenzó a charlar con mis interrogadores, entonces yo aproveché para escabullirme tras la esquina de la calle. Recuerdo que lo hice muy sigilosamente y disimulando. Estábamos casi a uno o dos metros de la esquina, y cuando la doblé, ya fuera de su vista, respiré aliviado comenzando a andar lo más rápido que podía sin llamar la atención.

      Pronto alcancé un portón cerrado con unas viejas y resquebrajadas puertas de maderas   usadas, llenas de rendijas a cuyo través se vislumbraba la oscuridad de su interior. Las empujé y penetré en la negrura acogedora cerrando aliviado las desvencijadas tablas a mi espalda. Aún a oscuras se apreciaba la enormidad del viejo almacén. Cerca del dintel había un antiguo interruptor de aquellos de palanca metálica dorada. Al conectarlo se prendió una polvorienta bombilla con una luz menguada e incapaz de alumbrar unos centímetros más allá de ella. Colgaba de un lejano e inescrutable techo y opté por apagarla temiendo que fuese vista desde el exterior a través de las deterioradas puertas. Era un lugar extraño. Avancé y pasé ante la puerta de unos urinarios. Entré en uno de ellos, donde figuraba un despintado símbolo masculino. Me dirigí hacia el fondo procurando no pisar los charcos y la suciedad acumulada. Estaba todo sucio y abandonado. Continué avanzando pero me pareció escuchar a alguien en el interior de uno de los retretes. Asustado salí de allí de forma inmediata y anduve de nuevo por el almacén hacia su lejano fondo, tratando de buscar un lugar donde esconderme si entraban los guardias. En ese instante, observé que la pared del fondo era de roca viva y que ascendía hacia el techo en paredes casi verticales. Apremiado por el deseo de huida traté de subir y llegar a algún repliegue de la roca, que me permitiese desaparecer de la vista ante un posible registro. Me costó subir pero al fin encontré el modo y una vez superadas las primeras dificultades, encontré buenos agarraderos hasta llegar a encontrarme a bastante distancia del suelo. Me di cuenta de que allí se apoyaba la estructura trasera del edificio y que por algunas tablas rotas podía salir al exterior y, pensando en salir por la parte trasera del almacén, me asomé con enorme cuidado por una de las aberturas. De inmediato me quedé helado al observar que, allá abajo, a un nivel muy inferior, existía un patio donde se encontraban formados una multitud de guardias de las S.S. mientras otros, sobre un suelo ensangrentado,  se dedicaban a torturar a algunas personas que gemían pidiendo clemencia...