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CORREO

... Cosas de la mente, yo sabía que mi compañero había girado por otro pasillo y que con toda posibilidad corría en la misma dirección que yo, paralelamente a mí, lo cual obtendría como resultado que en un lugar futuro habríamos de encontrarnos nuevamente. Por ello corrí, desesperado, teniendo en todo momento sobre mí la sensación de ser observado y asediado. Por ello recurría a los inmensos poderes que el sueño era capaz de proporcionarme, volando a un metro escaso del enlosado suelo del corredor, sorteando personas que me miraban asustadas, saltando sobre subterráneos parques llenos de arizónicas, pequeños abetos y flores, separados del corredor por inmensos paneles de cristal, imposibilitando así que yo pudiera acceder a ellos y esconderme. En mi desesperada carrera yo giraba alocado por los cruces de los corredores y recovecos, esperando en cada uno de ellos encontrarme con mi escapado socio, con la pesadumbre de haber perdido a uno de los nuestros en un rapto que, luego, sería el señuelo para pedirnos la rendición incondicional.

   Una de las veces hube de hacer frente a uno de mis perseguidores, un fornido hampón, aunque inusitadamente mi mano se vio provista de una afilada navaja que mantuvo a raya a mi agresor. Nuevamente me vi volando y saltando a la desesperada por las inclinadas y profundas escaleras, las que yo, como en otros sueños que mi cerebro usaba como armas de rol conocidas, saltaba o patinaba deslizándome sobre las aristas de los escalones con la sola ayuda de las suelas de mi calzado. Y tan pronto saltaba sobre las cabezas de los transeúntes, como les esquivaba con denodados quiebros, los cuales era incapaz de repetir mi perseguidor, el cual siempre estaba a la vista sin que yo pudiera desprenderme de él.

   En una de las ocasiones, en las que mi cuello se doblaba hacia atrás en un intento de calibrar la cercanía del asesino a sueldo, creí percibir el halo inconfundible de mi amigo, que no me veía a pesar de que yo gritaba intentando atraer su atención. Pero sus ojos, desorbitados, se cernían sobre sus pasos futuros intentando ganar velocidad sin tropezar o caer, así que yo hube de correr sin poder obligar a mi Destino a que se acercase en una línea convergente que nos reuniera de nuevo. Poco más adelante, pude vislumbrar las vías férreas; una estación estaba cerca y mi carrera se apresuró observando que ahora otros transeúntes iban en el mismo sentido que yo y que, entonces, mi agresor se vería impedido en su acción ante la posibilidad de que la gente le detuviera. También esperaba ver ahora la presencia de un agente o policía que me ayudase, no obstante, la afluencia de los viandantes se espesaba y dificultaba mi carrera y por consiguiente la de mi perseguidor. Ahora, pensé, era seguro que mi amigo me vería; íbamos casi al paso y, sin embargo, yo procuraba ganar puestos en la masa de personas que caminaban en el mismo sentido a través de un pasillo que, cada vez, se estrechaba más haciendo confluir a todo el mundo sobre una pasarela cerrada por cristal, la cual cruzaba sobre las vías de la estación...