INICIO

RETRATO

OBRAS

RETAZOS

MÚSICA

SUEÑOS    

FUTURO

FOTOS 

POEMAS

CORREO

Seguidamente, observé a Zea manipular el radiocontrol y sin ruido alguno, muy lentamente y sin el menor rumor mecánico, la balsa se separó de la astronave dirigiéndose hacia la isla, siguiendo la dirección indicada por Eibi y que Zea procuraba mantener, sin apartar la vista de una pequeña brújula, dando de vez en vez suaves toques a los mandos. Algo más tarde, sin que yo pudiese saber por donde navegábamos, hubo un pequeño choque. Entonces miré mi reloj, viendo que habíamos tardado casi media hora en tocar tierra. E inmediatamente, Zea, hizo desaparecer la lancha mar adentro, aunque como medida de precaución habíamos atado un cabo de cuerda a la barca, la que incluso clavamos en la arena de la playa, un par de metros dentro del agua.

–Debemos buscar nuestra presa –me dijo con el tono de voz más bajo que podía, al tiempo que prendía la otra lámpara y me la alargaba con presteza.

–Según me dijo Eibi, a la derecha había un poblado y algo antes un grupo de balsas y lanchas. Es de suponer –añadí–, que serán de un clan de esos comerciantes, pues estaban cargadas de fardos y bultos amontonados sobre las cubiertas.

–Pues vamos hacia allí –asintió Zea.

–Habrá que llevar cuidado, ya que Eibi ha detectado gente durmiendo entre los fardos.

Mirando con cierta aprehensión hacia la oscuridad tan absoluta que nos envolvía, con tan solo la imprecisa y fluctuante luz de las empobrecidas llamas, echamos a andar por la silenciosa playa en la que no rompían olas, procurando escuchar cualquier rumor, ya que las luces nos servían de muy poco. También pensé que ayudarían más a que nos descubriesen que a evitar un tropezón. Así que, teniendo en cuenta ese pensamiento, yo dispuse del proyector de energía fuertemente cogido en mi mano derecha. Preferí correr el riesgo de ser visto con aquel objeto incongruente para aquella civilización, a ser asesinado impunemente y por sorpresa.

Entretanto, corría parejo con Zea, en un trotecillo corto, tratando de que no se me cayera la lámpara, que a cada zancada temblaba amenazando con apagarse. De repente Zea gritó angustiada al tiempo que caía envuelta en una masa oscura y palpitante y como contrapunto al grito de Zea, un burbujeante gemido salió de aquella horrible cosa. Sin pensarlo dos veces, saqué una linterna que había llevado en previsión de que hubiese algún problema con las lámparas de aceite y la encendí.