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Di un paso, luego otro y otro y me encontré en el dintel de la entrada, la cual se encontraba elevada unos pocos centímetros de la húmeda arena. Haciendo acopio de valor, me asomé asombrado al interior y quedé totalmente deslumbrado, Ahora mi instinto había sido dominado por la curiosidad, por la ansiedad de lo nuevo; me sentí como un aborigen de la selva amazónica entrando en una discoteca de moda. Y sin pensarlo, olvidado de mi terror y de cualquier precaución, avancé penetrando en el interior. Ante mí se encontraba una habitación de forma circular y de unos catorce o quince metros cuadrados. Las paredes en toda su superficie, emitían el mismo tipo de iluminación azulada que la reflejada al exterior. Aturdido por la impresión, miré la serie de luces parpadeando en diversos colores sobre el panel del fondo, que se encontraba tapizado por un conglomerado de pequeños botones, menores que la yema de mi dedo meñique, ocupándolo totalmente, cada uno de aquellos tatuado con un incomprensible signo grabado en su superficie.

Atrapado por el multicolor espectáculo, avancé un poco más sintiendo la suave tersura del elástico suelo, percatándome de como el ruido de mis leves pasos y la energía de mi peso eran absorbidos instantáneamente, como si no se hubiesen producido. Pero repentinamente, hubo un siseo tras de mí y, asustado, me volví con la sangre agolpada en mis sienes y el corazón encogido. Después, sin poderlo evitar, cerré los ojos horrorizado, sintiendo como mis rodillas me flaqueaban ante la puerta cerrada.

¡Cerrada!

¡Estaba atrapado! Y enloquecido por la desesperación, solté un ronco gemido y cargué contra la puerta sin pensar en lo que hacía.