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Los Conciertos de...

Ceferino escuchó de repente, fluyendo de cualquier parte del patio, entre los silencios de los pianos, el gorjear de alguna nidada de pardales, seguido de la jocosa plática de la urraca coreada por el intenso claqueteo de la cigüeña. Se sonrió. Parecían haberse puesto de acuerdo para discurrir desde los alares del cuadrangular tejado cuando, los dos pianistas, convergieron en aquel calderón al que la partitura les había obligado.
–¡Buenas tardes! –le repuso educado sin pedirle explicaciones de cómo había entrado allí, mirando suspicaz hacia la abierta ventana donde sus amigos pardales picoteaban en el alfeizar alguna miga perdida desde el desayuno–. Sí, en efecto, soy Ceferino –asertó sin hacer uso esa tarde de aquel “Don Ceferino” con que solía apostillar a los desconocidos para darles la pauta de su categoría–. ¿Con quien tengo el gusto...? respondió Ceferino dentro de la confusión–, pero continúo sin saber quien es usted y –señaló hacia el techo con el dedo pulgar derecho– a quien se refiere.