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El roedor beodo

Rondaba un ratón la cuba

dando vueltas y más vueltas,

mirando atento las duelas

y escrutando las rendijas,

rezándole al dios del vino

para que aflojase un poco

la espita que había arriba

y la gota que pendía

en surtidor convirtiese.

Miraba el roedor la vida

con ojillos de alegría

imaginando el percance

de bañarse en la piscina

de aquel mosto fermentado

que muy pronto manaría

del grifo de la barrica

e inundaría baldosas

con un néctar de ambrosía.

Pasaron noches y días,

corrieron compadres sobrios

dándole guiños de burla

que el ratoncito achispado

con desparpajo reía,

¡ya veréis cuando me bañe

con el dios Baco en orgía,

ya veréis cuando me sacie

de las uvas exprimidas!

Pasaron horas y ratos

sin que Dios hiciera caso

y el ansioso bebedor

subiose por la alacena

con la terca pretensión

de provocar que la cuba

rodase de su sillón,

royendo aquellas espigas

que frenaban el bidón.

Y con paciencia y ahínco

el ratoncillo achispado

aplicó sus incisivos

sobre las cuñas de pino,

trabajando por su vicio

que le pedía más vino

y tanto fue su roer

que la redonda cubeta

al suelo fuere a caer.

¡Ay, Baco de mis amores,

ay compañero de juerga!,

¿Por qué mi rabo has dejado

debajo de la barrica?,

que no me puedo mover

mientras el vino se aleja

hacia el fatal enrejado,

sin que se acerque a mi boca

atrapado de un costado.

¡Ay, amigos del lagar!,

que amargo es ver la riqueza

pasando bajo el bigote,

mientras mi alargada cola

permanece bien sujeta

al peso de ese gran bote

y a mi cuerpo en otro lado,

sin que lo pueda soltar

para bañarme en el lago.

Qué triste resulta la vida

cuando vives atrapado,

por un lado mi deseo,

por otro un peludo cabo;

qué enojo vive en mi tripa

cuando huelo la bebida

y miro el color tan tinto

marchando hacia el sumidero

mientras yo pierdo la vida.