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EL PRIVILEGIO DE ...

PRÓLOGO DEL AUTOR

Este es el primer cuento en el que me dejo llevar por la situación política de un momento de la historia en que parece que todo es catastrofismo. Llega un instante en el que pones en tela de juicio la necesidad de seguir viendo como la insensatez, la codicia y el egoísmo se apoderan de todo. Escuchas las noticias de cualquier medio, lees las de cualquier diario y te quedas sobrecogido por lo que te cuentan, te quedas hipnotizado por las diatribas y luchas partidistas en las que nadie quiere dar el primer paso para formar una única razón que se enfrente a todo lo que ocurre.

La violencia y la droga, los desterrados del Este de Europa que hacen aquí su guerra particular, la única forma en que saben ganarse el pan nuestro de cada día; los desterrados, los escapados, los emigrados y huidos de África, de Ibero América o de cualquier parte del mundo, que llegan con su miseria y su nulo bagaje cultural, con la ruina y el hambre en sus maletas y aquí, aquí se les recibe con la injusticia, el separatismo, el caos y el terrorismo.

Para colmo, cualquier cadena de televisión nos deleita con mensajes de hecatombe en los que nos dicen que el planeta se deshace; que la masa del núcleo se enfría y que ello hará desaparecer el magnetismo terrestre; que el cambio climático acabará por desvanecer parte del mundo y que el resto sufrirá un clima extremado insoportable para la vida. Y todo ello aderezado por las noticias del terrorismo.

Sin embargo, parece que el humano, al menos éste que aquí escribe, está preparado para sufrir todo tipo de tensiones y amenazas, hasta que se habla de las víctimas. Entonces me rebelo porque el papel que juegan las víctimas del terrorismo no puede ser sometido a politizaciones y cuando eso ocurre, yo, no puedo resistir esa furia que me nace de lo más hondo.

En esta ocasión, traída por algún impulso exterior, surgió la idea de este relato, donde, en una metáfora de más de nueve mil palabras, expreso con claridad el cúmulo de sentimientos y deseos que se me agolpan en el corazón, como un agujero negro de densidad ilimitada y a punto de estallar. Luego, esa explosión se vierte como el agua mansa en un fluido de palabras para que otros puedan  beberlas y calmar su sed de justicia.

Este es, por tanto, un cuento duro, algo que sobrepasa el mero relato literario, la íntima imaginación narrativa y se deja arrastrar por el arrebato visceral de un escritor que sólo puede hacer algo tan nimio como contar a quien lo desee, una pequeña parte de su intimidad:

 

¡Luego, vendrá la batalla!,

escuché a los que gritaban,

que se llevará de la vida

entre espadas que se ciernen,

de una parte a los que caigan

y de otra los que quisieren.