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Ana María miraba con total desinterés el coro de luces que bullía a sus pies. Había dejado sobre la balaustrada el chaquetón y el bolso y, entre sus manos, estrujaba nerviosamente un pequeño envoltorio jugando con él una y otra vez, distraídamente.

 Desde el Castro, aunque amortiguado por los frondosos castaños y los eucaliptos, Vigo ascendía hacia ella con el latido de la ciudad flotando en el crepúsculo, enredándose en sus cabellos casi rubios apenas movidos por un imperceptible soplo. Ambiguamente, paseó la mirada alrededor hasta detenerse en el puerto. A través de las lágrimas, le llegaba desvirtuada la imagen del Club Marítimo, rodeado de brillantes farolas.

   Se mordió los labios en un gesto amargo, volviendo los ojos hacia la invisible línea del horizonte. Luego alzó brevemente el rostro y dejó que la humedad corriese mansa sobre sus mejillas. Un fresco golpe de brisa agitó otra vez su corta melena trayéndole con viveza los recuerdos de más atrás de un año, envueltos en salitre y aroma de mar.

"Cantero do pico non morre rico, do costas quizá quizás"

 

Tardé en llegar al desenlace. Había como una cortina impalpable que me impedía resolver la aventura. Luego, un día de junio, de esos grises y salpicados de fina lluvia, me dejé pasear por el Monte del Castro, en el mismo centro de Vigo. Distraído me detuve ante el emblema de la ciudad y lo supe. Miré el indicio del cincel y leí muy despacio. Aún me llegué hasta el pretil de piedra y con los ojos envueltos en el aroma del mar admiré el hermoso paisaje, lleno de miles de tonalidades grises, justo cómo me gusta vivir Galicia, justo como parte de mí quiere sentirla y, entonces, el final llegó fluido y solo, lentamente, diáfano e inapelable, como la marea inunda la playa.