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-Y para mañana -terminaba la maestra recogiendo sus cosas a la par-, me haréis una redacción de...

Y yo me encontraba exultante, alborozado y ansioso de encontrarme frente al cuaderno en mi alcoba. Esa era la mejor alegría de esa jornada de estudiante. Con aquel encargo, los deberes eran algo preciado y hermoso y casi antes de llegar a casa, mi historia ya iba pensada.

Otros maestros no supieron explotar aquella disposición mía y le perdí el gusto a la literatura; tanto nombre y tanta fecha, tanta biografía a palo seco. Por suerte, mi afición a la lectura fue como una fiebre que crecía y me consumía y de nuevo, en privado, en esas noches de intimidad y sosiego, mis palabras volvieron a dejarse caer en el papel. Luego intenté por todos los medios, de manera ingenua, construir mi primer libro, apenas un cuadernillo de veinte hojas y formato de medio folio. Allí, aglomerados de cualquier manera y aderezados con algún dibujo, los cuentos que mi imaginación relataba a los compañeros de mesa en el comedor, premiados algunos de ellos por algún coscorrón del hermano "Huevo Frito", vigilante en el refectorio y empeñado en conseguir mi nutrición.

Años, bastantes, más tarde y desde Segovia tuve el atrevimiento de enviar un relato a un certamen comarcal en Arganda del Rey y obtuve un pequeño premio. ¡Quien me lo iba a decir, y a la primera! Bienaventurados los que me votaron en aquel jurado, porque ellos son los responsables de todas mis novelas, poemas y mis otros relatos. Con esto me gustaría dar a entender la importancia de esa palabra de ánimo y ese gesto de ayuda a quienes empiezan y, ahora, solo sienten la fiebre de hacer bien la redacción de los deberes escolares, o el dibujo de ..., o... Podría ser que estuvieras desencadenando una auténtica vocación de artista.

Pronto, demasiado pronto, el escandaloso y temido rechino, crepitaba con su estridente cobre, martilleando y repiqueteando tenaz e inclemente sobre cada objeto, sobre cada esquina y cada superficie, plana o curva, que tanto le daba su geometría, hasta que su estampido me arrastraba dolorosamente desde mi cálido y dulce mundo sin aristas.

Era entonces, al llegar el estallido, cuando sentía como un frío y profundo vórtice me engullía hacia el estrépito, mientras mi mano se levantaba implorando, sin conseguirlas, clemencia y misericordia. Sin embargo, mi resistencia se retorcía en la cama, arrebujándose en el tibio nido, escondiendo mi nausea bajo el embozo y gimiendo bajo el cruel látigo del mecánico y despótico reyezuelo. Al fin venía el helado baile de mis ateridos pies, que al burlesco compás, trasladaban mi temblorosa desnudez hasta la helada jofaina.