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CORREO

Se fue para siempre. Ahora vive sólo en mí y cuando alguna noche regresa y corre a mi lado, logrando que mi sueño se desborde con el color de la dicha, mi despertar se hace extraño, como si saliese de un mundo de colores para entrar en otro gris. Él se merecía uno de mis relatos y le di el nombre del árbol que le cobija con sus raíces. Desde entonces, cada primavera la acacia se tiñe de flores rosas para recordarme que "Patas" le alimenta y vive en sus colores y en su savia. Ahora la vida me alejó de aquella dulce sombra y sólo puedo observar como sigue renaciendo cada mes de abril, desde lejos, en el pago de otro, como decía Jorge Cafrune en su música.
Cuando lo bauticé con el nombre que nos acompañó en esos dulces años, "Patas", todos protestaron en casa. Sin embargo, y a pesar de parecer autoritario hice prevalecer mi opinión: aquel nombre me pareció de lo más apropiado. El día que le tomé entre mis dedos, apenas recién parido, sus manos y sus pezuñas abultaban casi tanto como el resto de su cuerpo.  -¿No veis lo grandes que son sus patitas? -y todos rieron la observación, mientras el pequeño animal se acurrucaba olisqueándome entre los botones abiertos de la camisa.