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MÁS DE LO MISMO

Lo de José y Antonio fue algo con un punto de gracia y anecdótico donde los haya. Y es que, los dos gitanos, con un único billete para ambos, se turnaban para escapar del revisor a base de subirse uno al portaequipajes, ese que se plegaba sobre el techo del pasillo y permitía alojar las maletas más voluminosas. De esa forma, ora uno, otrora otro, se enredaban y movían los bultos usándolos de tapadera ante la sonrisa de los otros viajeros, bastante más comprensivos cuando se anunciaba un viaje lleno de chistes y chascarrillos que la raza de los dos muchachos llevaba implícita.

Ciertamente, avispado por los tópicos y otros consejos, hacía ya rato que yo había observado los “reojos” que sus negros espejos (entiéndase ojos) colocaban sobre el alargado y oloroso viajero que descansaba en mis rodillas, en espera de saciar un hambre que con cada traqueteo del infernal vagón, se acrecentaba acuciando mi deseo para desenvolverlo.

Alguna paradita después, cualquier perdido pueblo de la sierra valenciana, la historia de los dos viajeros surgió espontánea para los oídos de los ocupantes del compartimiento. Ahora, Antonio revuelto arriba entre las maletas, atento, pero apostillando al primo. Aunque yo nunca supe si era de verdad su parentesco o, como dicen los gitanos, todos son, o primos o payos.

Del viaje de ida en busca de trabajo, cayeron los dos en las manos de alguna otra pensión menos mirada por sus huéspedes, o quizá provista de menos humanidad. De resultas de su mala elección, las escasas trescientas pesetas que llevaban, apenas les duraron lo que el agua en una cesta. Cinco días les dieron cama sin que encontrasen ningún “currelo”, pero en los dos últimos ya no tuvieron ninguna mesa donde poder llenar sus “mondongos”, dijeron con gracia, ahora sus ojos posándose con mayor asiduidad en el envoltorio que cuidaban mis manos, amorosas, sobre mi regazo.

–¿Dos días sin comer? –saltó mi asombro–. Entonces tendréis hambre, ¿no?

–¿Hambre? –remedó José, frente a mí–. ¡Tenemos una gazuza que nos estamos comiendo por dentro!

–¡Uf... yo sólo puedo soñar en “jalar” algo! –apostilló el del ático.

–Pues yo tengo aquí este bocadillo de tortilla –expuse ingenuo, mi dedo señalando el ahora aceitado periódico.

–Pues no me había fijado –mintieron los ojos de Antonio al tiempo que su boca.

–¡Joder, que buena traza tiene! –escuché de la boca hecha agua de José.

–¿Lo queréis? –alargué el cielo hacia las manos más cercanas, la sonrisa de los demás expectante.

–¿Tú ya has cenado? –titubearon las de José, remisas aún en sujetar el paraíso celestial.

–No tengo mucha hambre –era mi turno de jugar a las aranas.

Pero mis ojos se iban detrás del papel que ahora se abría como las puertas del Edén, la enorme barra de pan repleta de amarilla y gruesa tortilla de patatas, el olor deshaciendo mis pituitarias, llenando de efluvios mi boca, desenterrando los jugos gástricos que empezaron a gritarme reclamando su parte.

–¿Qué van a cenar los señores? –indagó servicial el camarero, demostrando su maestría de no cambiar de grado de inclinación a pesar del terrible bamboleo del vagón.

Con la escuálida carta entre las manos, pedimos. Sin embargo, y a pesar de lo mucho que me gusta el pescado, preferí atenerme a mi costumbre de no tomarlo más que en mi casa o en sitios de confianza y me decanté por la carne. Patiño, con más mundo, lo digo por su viaje desde Venezuela, se atrevió con la merluza del menú.

El primer plato había consistido en una crema de alguna historia, de esas de sobre con toda seguridad, o champiñón, o espárragos, puerros o lo que fuese. Y enseguida, ente bandazo y bandazo, el convoy largando silbidos por la llanura castellana, el artista del funambulismo casi disfrazado de librea, depositó ante nuestro apetito, sin derramar una sola gota de la salsa, mi filete con guarnición. Enseguida, desde una fuente adornada de verde lechuga, trató de llevar al plato de mi compañero de viaje la rodaja de merluza que el arriesgado Patiño deseaba.

Por desgracia para el camarero, el pescado no se dejó tomar de la paleta de servir y se partió en dos o tres pedazos antes de llegar al lugar de aterrizaje.

–¡Es que está tan tierna! –pronunció el pobre desafortunado, a quien más le hubiese valido haberse quedarse callado.

Inesperadamente, aprovechando el hueco en el ruido que permitía el nuevo tramo de riel continuo, la carcajada estentórea y pletórica de sarcasmo de José Luis, corrió a lo largo del vagón, sonrojando al camarero y torciendo los cuellos de los restantes comensales, quienes colocaron sus miradas llenas de curiosidad en nuestra mesa.

–¡Dice que la merluza está tierna! –criticó en voz alta al abochornado, dirigiéndose a los expectantes huéspedes, como si les conociera de toda la vida, apoderándose en un instante del sentido burlesco de todos, mientras dejaba dibujar en sus labios aquella conocida sonrisa suya llena de mofa y burlona conmiseración–. ¡Lo que pasa, es que esta merluza tiene más días que la Guerra Civil!
–añadió seguro de su capacidad como entendido en pesca, sin ocultar ahora el acento gallego que casi siempre disimulaba.