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 Todo aquello llevó a la joven a su segundo descubrimiento, cuando, desmoralizada tras contemplar el resultado del análisis, le confió a Alejandro el cúmulo de sus desventuras. Había buscado la hora de salir simulando una dificultad en su trabajo y así poder quedarse a solas con él en la oficina. Lo que deseaba contarle era largo y muy íntimo: no quería que hubiese testigos molestos y necesitaba su apoyo. Cuando llegó el momento, ruborizada y asustada fue dejando escapar de su pecho el odioso secreto.

-¡Alejandro! -detuvo sus explicaciones con la voz quebrada-, ...estoy embarazada...

   Fue un momento eterno, angustioso, aunque de inmediato su alma fue invadida por una extraña serenidad fruto de su confesión y de la resignación ante la fatalidad. Alarmada ante el largo y desmesurado silencio, a través de su propio dolor, observó incrédula el rostro demudado de su interlocutor, quien poseído de temblores incontrolados y con una palidez cadavérica en su semblante la miraba en profundo silencio; sus ojos negros abismos insondables. Después y tras mucho tiempo callado, le hizo aquel ofrecimiento tan inesperado y desmesuradamente generoso que la dejó sin poder reaccionar durante largos minutos.