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   Leer, leer... leer, esa era siempre mi mayor ilusión. ¡Qué pena que hoy se vaya perdiendo esa afición en los más jóvenes! Pero la sociedad cambia de manera inexorable, las nuevas tecnologías se incorporan a la vida de los más pequeños sin que ellos puedan evitar su influjo. Claro qué, también, recientemente escuché presumir a un importante personaje de que, "él nunca había leído un libro". Tras escucharle miré a los niños que oían la conversación e intenté imaginar lo que deberían estar pensando... Puede que ellos creyesen que aquel era un buen camino para ser preponderante en la sociedad. Por suerte para mí, nunca tuve a nadie delante que dijese nada igual y todos los míos, familia y amigos, se sentían satisfechos de poderme regalar algo tan fácil y, creo que por entonces, hasta barato.

   Desde mis seis años de edad, en mis manos cayeron las aventuras más divertidas y atrayentes para un chico. Y Daniel de Foe, Emilio Salgari, Lewis Carroll, Mark Twain, Robert L. Stenvenson, Julio Verne, Arthur Conan Doyle y tantos otros más me fueron llenando la cabeza de paraísos que de otra manera nunca hubiesen estado a mi alcance. Ellos fomentaron mi imaginación, mi ilusión y me regalaron un refugio donde recogerme cuando algo no marchaba bien, que eran demasiadas veces.

   A medida que los años fueron pasando, mi afición creció de forma desmedida y devoré una gran selección de los clásicos más relevantes, leyendo prácticamente sin orden ni concierto todo lo que caía en mis manos, que era bastante. Y Cervantes, Calderón, Lope de Vega, Moratín, Pío Baroja e incluso los clásicos rusos, franceses, ingleses, etc., me dejaron absorto, haciéndome buscar cada vez las novelas de más dimensión y avanzar por el tiempo hasta llegar a leerme la obra de Gironella con su saga desde Los cipreses creen en Dios, o recientemente el "maestrísimo" Tolkien con su grandiosa fantasía de El Señor de los anillos, la que he devorado por cuatro veces ya. La literatura policíaca, mi favorita Agatha Cristie y el genero que encabeza, han hecho mis delicias sin poderme detener cada vez que tomaba uno de esos libros. El genero de misterio, la buena novela del Oeste y, por encima de todo la Ciencia Ficción en cantidades abrumadoras, fueron dándome el alimento que mi espíritu necesitaba a lo largo de la existencia.

   Sin embargo, siempre he reprochado a mi profesión de cuarenta años de informático el haberme restado tanto tiempo de cada día cómo para para impedir llenarme aún más de libros, como un atacado de gula por la lectura, tanto que nunca me doy por satisfecho. Ahora, mi deseo se ha vuelto del revés y me posee la ansiedad por dejar que sean mis manos las que escriban lo que ya está dentro de mí, Puede que elaborado desde años atrás, puede que cocinado lentamente en el fogón de mi memoria, pero con prisa, antes de que se me acabe el billete de este viaje.