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–¡Me llaman Lilit! –repuso de repente con una voz tibia y gorjeante que estremeció al joven sacerdote, que la miró sentado en el lecho, temblando como una hoja en un vendaval–. Soy la primera mujer, la más anciana, pero la más joven cada vez que me desean poseer.

–Pues no te conozco –respondió Fabián intentando ocultar sus recuerdos sobre la lectura del Apocalipsis, mezclándose con los del patriarca Enoc, sin recordar del todo de donde surgía aquel nombre de mujer–. ¿Qué deseas de mí? ¿Acaso eres la del caballo verde? –tembló de nuevo con decirlo.

–¡Yo soy por mí misma y no necesito montura alguna! –contestó abanicándose ahora con las plumas que dejaron traslucir el cuerpo en sazón de la hembra–. ¿No pudiste ver mis alas transportándome hasta ti?

El silencio inundó entonces la alcoba y, Fabián, recordando ahora el nombre del Ángel Caído que fue la primera mujer de Adán, la que no quiso copular con él para traer descendencia, se encogió entre sus rodillas intentando no mirar los pechos turgentes y los pezones rosados que la figura le mostraba.

–¡Ya sé quien eres y quien te acompaña! –murmuró tiritando, mirando espantado la legión de súcubos que aleteaban fuera de la ventana con sus senos túrgidos tintados en luz de plata colgando por su propia gravedad–. ¿Qué... qué deseas?

–¡Tú me has llamado! –gorjeó la voz haciendo vibrar la cristalera–. ¿Acaso deseas que irrumpa en tu lecho para entregarme a ti como esposa? –preguntó sonriendo burlona, mirándole con las pupilas brillantes como esmeraldas, acabando por reír llena de sarcasmo, sabia de todo lo que a él le concernía.