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   Apareció una tarde. Fue como la entrada de un astro luminoso en un espacio estelar. Sobre el fondo denso de brillantes puntos de luz y halos palpitantes de nebulosas, el nuevo ser latió relumbrando y esparciendo su sonrisa por despachos y pasillos.

   Más tarde me asediaba con su poesía en la mesa de algún bar de las Ramblas sin que yo hubiese sido consciente de mi travesía hasta aquel nuevo paraíso. Pero ella me taladraba con sus luceros grandes y hermosos, apenas ningún pestañeo, aunque hubiera sido igual, el sol de su sonrisa abría la mañana a cada nueva frase y cada nuevo poema. En un Eón, quizá solo un latido, fuimos en una barca común, aquel proyecto donde sus poemas y los míos permanecerían ligados por el papel y la tinta.

   Recordaré para siempre la lucha por llevar la góndola a puerto seguro, por conseguir la fe de quien podía ayudarnos, darnos el abrigo al temporal, poema a poema, relato a relato, sintagma a sintagma.

   Luego, supimos que el mar era demasiado ancho para nuestras pobres fuerzas y el esquife se hundió; otros marineros de bonitas palabras y hermosos cuentos se fueron a pique con él. Pero yo lo supe cuando su silla permaneció muda en la mesita del fondo, en Els Quatre Cats, una tarde triste y lluviosa y de ojos de compañeros mirándome con lástima, ninguna driza que pudiéramos amarrar, ninguna bordada que nos llevase a otro rumbo, ellos sabiendo ya... sin que nada se hubiera dicho todavía.

   Ahora, un nuevo latido ha aparecido en el cielo cuando el cometa volvió a pasar tan cerca de mi estrella ¡Hola, Gloria, te estaba esperando!