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       Dicen, y creo que es cierto, que cuando un trabajo se hace de un tirón, queda redondo. Y eso me ha pasado con esta novela y también con mi anterior "Oda a Beatriz". Pero, así como la romántica novela mencionada fue algo más tutelada por los sentimientos del instante, "Yo, también me los toco" ha sido gobernada por los recuerdos que se agolpaban en mi memoria por salir, como la gente a la hora punta en la puerta del metro o del autobús.

     Acompañado como de costumbre por la música, aislado de la influencia externa por los auriculares, pugnaba por no olvidar nada de lo que nacía  de manera atropellada desde mis recuerdos. Así tuve que ir tomando notas y más notas en cualquier papelito, incluso, no te rías, con el rotulador sobre mi mano o mi brazo si el asalto me pillaba en la calle o de "marcha" cualquier noche del verano del año pasado. La terraza de Valerio, la de Ocellum y la de Mayte fueron puntos donde surgían las cosas desde mi mente, sin apenas más que una servilleta de papel donde apuntar las frases y los recuerdos. Anecdótica fue la escritura del final, allá por el ardiente agosto de ese verano del 2003. Sentado a la sombra de la terraza de Valerio en la plaza Mayor, con Pepe pululando alrededor tratando de arriar los toldos y recoger alguna mesa, todavía el desarrollo del libro por el capítulo XIV ó XV de los veinte que ha llegado a tener, el final del libro surgió espontáneo mientras mis ojos perseguían la cigüeñada en el intenso azul del cielo y en los aleros de la torre de San Juan; el guerrero de la veleta impávido, sin una sola gota de viento que animase sus gavias. Y de un tirón, con el gusto a flor de piel, dejé varias servilletas del bueno de Pepe rellenas de mis garabatos, sin que los vecinos de otras mesas supiesen aún si mi cabeza estaba cuerda o floja.