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CORREO

Los domingos por la tarde empecé a escapar de casa; alguna mentirilla para ocultar mis actuaciones en alguna fiesta de barrio, una casa regional o alguna celebración donde el boca a boca, propaganda que siempre fue subversiva ante mi familia, hubiese llevado mi buena fama como instrumentista. Con cerca de doce años, mi afición y mi oído me dejaron causar agrado en los asistentes a esas galas festivas. Claro que en mi casa no querían, quizá pensasen que un hijo dentro de la farándula no era de buena educación o vaya usted a saber. De aquellas actuaciones gané "tablas" y aprendí a salir airoso de algún aturullamiento, también paladeé el almíbar del aplauso. Eso fue peor, después no he sabido desengancharme de ese morbo.