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Recientemente, hablaba con alguien a quien, por abundar de continuo en mi vida intentando atraerme a su parcela moral, tuve que recriminarle su insistencia explicándole con claridad que, para mí, en la vida el dinero es solo una herramienta que me permite hacer lo más bonito y que es, vivir. Pero ni vivir a lo grande, ni siquiera cambiar de coche cada corto tiempo. Me refería a VIVIR, con mayúsculas. Me costó, sí, me costó hacerle comprender lo que significaban mis palabras y que por enésima vez estaba rechazando su oferta de hipotecar mi tiempo. Aun hube de contarle lo de la utopía del más allá. Sin embargo, tampoco deseo hacer proselitismo y prefiero aplicarme la norma. Así, con estas ideas, resulta que yo parezco una persona extravagante cuando no intento hacer fortuna. Pocos creen que no esté el dinero entre mis primeros diez objetivos. Si cuento con los dedos de las manos las "cosas" que me interesan más, no tengo dedo para él, quizá con los dedos de los pies cabría entre mis deseos el vil objetivo de una gran parte de la sociedad.

DECÁLOGO ÍNTIMO

-¿Codicias el dinero? Ahí está tu declive.

-¿Amas las plantas y los animales? Esa es tu cultura.

-¿Respetas lo ajeno? Esa es tu imagen.

-¿Honras tu palabra? Eso vales y esa es tu autoestima.

-¿Tienes un amigo? Ese es tu patrimonio.

-¿Miras a los ojos del pobre? Esa es tu caridad. ¿Tocas su mano? Esa es tu alma.

-¿Ayudas sin que te lo pidan? Así es tu altruismo.

-¿Eres agradecido? Esa es tu ralea.

-¿Amas tus raíces? Tanto es tu sangre de densa.

-¿Te duele tu prójimo? Así es el tamaño de tu corazón.