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El Tañido

Llevar un amigo al camposanto, es siempre un dolor intenso que se fija de tal forma en tu memoria que nunca volverás a olvidar cada gemido, cada campanada y cada rechino de los pasos en la grava.

¡Cómo lastimaba el aire

del tañido mis oídos!

Cómo hería mis sentidos

mientras mi sombra avanzaba

y el polvo hendía el camino

entre pasos agotados

golpeados del destino;

alcé los ojos al cielo

y pude ver los cipreses

destacando su estatura

esquinando un regadío,

¡qué lindos los amarillos

que dan pinceles de brillo

a los trigos verdecidos!

Llegamos al camposanto

entre sollozos, gemidos,

y vuelvo otra vez los ojos

repasando el cielo tenue,

tres dedos el sol se alza

dejando rasgado el cielo

entre los jirones blancos

que nos trae el vientecillo,

cómo vuelan los vencejos

cómo balan los balidos,

¡qué apagados los murmullos

que hacen eco dolorido!

Y los dolientes caminan

con el gesto entristecido,

y los zapatos se arrastran

mientras vuelan las miradas

contando los encinares

que pueblan de paisanaje

los prados y los rodillos

en tierras de labrantío

y, lejos, algo más verde

cimbrea de cinta el río,

y cómo retiembla el aire

desde el campanario altivo.

Levanto la vista al cielo

que brilla con aquel ruido,

ya llega la cuesta arriba

ya llega la puerta herida

con tanto almagre de vida,

vuelvo la mirada al valle

para esquivar un gemido,

ahora avanza el cortejo,

ahora callan los grillos,

remiro otra vez los pinos

y el vuelo de la cigüeña,

trae ramas en su pico,

y para no ver el duelo

persigo hasta las campanas

el vuelo que lleva al nido

mientras se rompe el silencio

con lloros y más suspiros,

otra vez llega el sonido

de tañer metal, tañido

que quebranta el aire, aire,

heraldo que me has herido,

cómo me duelen tus gritos.