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De repente miras hacia atrás y te sientes obligado a pensar en cómo has sido capaz de andar todo aquel largo y tortuoso camino. Yo lo hice, ha poco tiempo, tras algunos nuevos e inesperados sucesos. Lo cierto es que me pasé la vida estudiando. Mi deseo más íntimo en espera de poder salir de su encierro, esa segunda naturaleza, esa ansiedad por escribir y dejar que mi mente se expresase con libertad, hora tras hora, día tras día, hasta vaciarse, hubo de esperar mientras terminaba aquel Bachillerato Superior de entonces, con su reválida -no os quejéis!-. Y digo esto porque esos estudios de aquel tiempo, fueron el complemento nocturno de una Formación Profesional en la rama de Automovilismo realizada durante el día. Luego vino la Maestría Industrial y una Ingeniería Técnica. Pero, para fastidio de algunos, alguien había inventado la Informática y, en sus albores, yo hice un minicurso y oposité en IBM, el gigante azul, como lo llaman ahora. De las dos plazas en oferta pude sacar una y allí comenzó mi profesión, una que te acapara y te absorbe de forma despiadada, sin dejarte un solo minuto  de la vida libre, la tecnología avanzando tan deprisa que nunca tienes tiempo suficiente para leer todas las innovaciones y mantenerte al corriente. Desde aquel año, creo que el 1966, solo pude pensar en bits, bytes y complejos lenguajes de programación (unos 26, constan en mi haber). Ahora, gracias a la felonía de algunos, ¿se la debo de agradecer?, pude sacarme las pesadas cadenas y dejar que naciera de mí esta fuerte, verdadera y definitiva vocación.