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He tenido, desde el principio de mis comienzos como escritor, la sana costumbre de dar a leer mis borradores a algunos amigos. Eso me ha reportado la posibilidad de constatar si lo que ha salido de mi cabeza es legible, si tiene una calidad y si gusta. También me ha servido para reconfortarme, como ese piscolabis de media mañana. En otras ocasiones he sido tan audaz, tan atrevido, como para enviar algunas de mis novelas o de mis relatos a certámenes literarios. No me fue mal y me ayudó a tener más fe en mi capacidad como narrador e inventor de palabras, frases y demás. Esta novela, a la que yo mismo califico como "anecdotario, quizá", también ha sido pasada por la criba de mis amigos, algunos tan llenos de avidez por leer lo nuevo, que casi no me dejaban ni llegar al final del libro, pidiéndome capítulos sueltos. Gracias por vuestra convicción.

-¡Abuelo, la yaya se está riendo mucho con el libro! -soltaron los cinco añitos del nieto de mi amigo Tomás tras su carrerita desde la sala contigua-. ¿Es como los tebeos que tú me compras? -indagó enseguida mirándome con ojos divertidos.

Claro que, el pequeño, de forma ingenua, solo captaba lo que veía. Y eso era lo más importante, la reacción en privado que provocaba la novela a quien la leía en tranquilidad, exteriorizando sus reacciones de forma natural e inconsciente.