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No lo sé, quizá fueron tantos libros de viajeros y viajes. Desde que aprendí a leer, nunca agradecí tanto ninguna otra cosa, mis ojos devoraban a los clásicos del género de la aventura hasta que me apagaban la luz para que durmiese alguna hora antes de ir al colegio. Así fue como mi cerebro se fue llenando de ansias por conocer nuevos lugares, nuevas gentes. Luego esa profesión de informático, novedosa en aquel tiempo, acabó empujándome a satisfacer esa necesidad, permitiendo que cambiase de empresa y población cuando se me ponía. Por ello he parado poco en ningún lugar. Sin embargo, me sirvió para escoger y ahora he recalado en esta Zamora de todos, donde he tenido casi quince años para pensármelo.

Alguien me había dicho que me trasladaba más que un guardia civil y las diecinueve o veinte mudanzas lo aseveran también. Claro que mi nueva etapa, ésta que deseo sea para siempre, me permite viajar sin moverme de acá. Sin embargo, algo de nómada quedó en mí para los restos. Ya me dijo mi madre hace tiempo que yo me hubiese embarcado con Cristóbal Colón, de haber nacido por aquel entonces, claro. Pero ambas Castillas, Cataluña, Galicia, Cantabria y buena parte de Andalucía y Levante, me han prestado sus imágenes y su luz para que mis dedos tengan la experiencia necesaria cuando escribo.

Confieso que, también, miro con envidia esos informativos de ahora, con esas espectaculares galaxias y nebulosas del espacio. ¿Te has parado a pensar en la idea de la infinitud del Cosmos? Pues hasta esa idea me ha llevado durante muchas horas de fantasía a través de alguna novela que trataré de terminar, a pesar de lo enorme que está naciendo.